Las convulsiones del recién nacido son episodios de actividad neuronal anormal y sincronizada que se manifiestan clínicamente en la primera etapa de la vida, generalmente dentro de los primeros 28 días (período neonatal). Estas crisis pueden presentarse de forma sutil, con leves movimientos oculares, chupeteo o parpadeos rítmicos, o de manera más evidente, con sacudidas tónicas o clónicas de extremidades. Las convulsiones neonatales suelen indicar la existencia de un problema subyacente, como hipoxia perinatal, hemorragia intracraneal, infecciones del sistema nervioso central, trastornos metabólicos (hipoglucemia, hipocalcemia) o malformaciones cerebrales. Dado que el cerebro del recién nacido es inmaduro, la susceptibilidad a estas descargas eléctricas anormales es mayor que en etapas posteriores de la vida. Identificar y tratar tempranamente la causa de las convulsiones es crucial para prevenir secuelas neurológicas a largo plazo, ya que las crisis repetidas pueden afectar el desarrollo y la plasticidad cerebral. El manejo multidisciplinario, que incluya a neonatólogos, neurólogos y especialistas en cuidados intensivos, resulta esencial para optimizar el pronóstico y reducir la morbimortalidad.
| Tipos |
Las convulsiones neonatales se clasifican en varios tipos según sus manifestaciones clínicas. Las convulsiones sutiles son más frecuentes en neonatos prematuros e incluyen movimientos oculares (desviación conjugada o parpadeos rítmicos), chupeteo, masticación o pedaleo. Las convulsiones clónicas implican contracciones rítmicas y repetitivas de grupos musculares, pudiendo ser focales o multifocales. Las convulsiones tónicas se caracterizan por la rigidez sostenida de extremidades o tronco, mientras que las convulsiones mioclónicas consisten en sacudidas breves y bruscas, de inicio súbito, que pueden comprometer extremidades o tronco. Aunque la presentación clínica ayuda a sospechar el origen de la crisis, no siempre es específica, por lo que se requiere de estudios de electroencefalograma (EEG) y pruebas complementarias para precisar el tipo y la etiología. |
| Síntomas |
Las causas de convulsiones en el período neonatal son diversas y pueden dividirse en categorías principales. Una de las más frecuentes es la hipoxia-isquemia perinatal, donde la falta de oxígeno durante el parto o en etapas tempranas de la vida ocasiona lesiones cerebrales. También son comunes las alteraciones metabólicas, como la hipoglucemia, la hipocalcemia, la hipomagnesemia o la hiperbilirrubinemia severa, que desestabilizan la función neuronal. Las infecciones del sistema nervioso central (meningitis, encefalitis) por bacterias o virus pueden desencadenar crisis. Además, hemorragias intracraneales, malformaciones cerebrales, errores innatos del metabolismo y epilepsias genéticas constituyen otras causas relevantes. La detección y el tratamiento oportunos de la etiología subyacente son fundamentales para mejorar el pronóstico. |
| Causas |
Los síntomas de las convulsiones neonatales pueden ser sutiles y difíciles de reconocer, especialmente en neonatos prematuros. Entre los signos más frecuentes se encuentran movimientos oculares anómalos, chupeteo repetitivo, parpadeo rítmico, masticación sin alimento, pedaleo de piernas y cambios en la coloración de la piel (palidez o cianosis). En convulsiones más evidentes, se observan sacudidas clónicas de extremidades, posturas tónicas prolongadas o movimientos mioclónicos. También pueden presentarse episodios de apnea, taquicardia o bradicardia y fluctuaciones de la presión arterial, reflejando la repercusión sistémica de la crisis. El recién nacido puede mostrar irritabilidad o letargo entre los episodios convulsivos, lo que dificulta la alimentación y la relación madre-hijo, incrementando el riesgo de complicaciones a corto y largo plazo. |
| Diagnóstico |
El diagnóstico de convulsiones en el recién nacido requiere una evaluación clínica cuidadosa y el uso de pruebas complementarias. El electroencefalograma (EEG) es la herramienta principal para confirmar la actividad epiléptica, ya que las crisis sutiles pueden pasar inadvertidas clínicamente. La video-EEG prolongada permite correlacionar las manifestaciones motoras o autonómicas con los hallazgos eléctricos. Asimismo, se realizan estudios de laboratorio para detectar posibles desequilibrios metabólicos (glucemia, calcio, magnesio, sodio), infecciones (hemocultivos, punción lumbar) y marcadores de daño tisular (enzimas cardíacas, lactato). La neuroimagen, como la ecografía transfontanelar, la resonancia magnética o la tomografía computarizada, ayuda a identificar hemorragias, infartos o malformaciones estructurales responsables de las crisis. El diagnóstico temprano es clave para iniciar el tratamiento etiológico y reducir la actividad convulsiva. |
| Tratamiento |
El tratamiento de las convulsiones neonatales se centra en dos objetivos principales: controlar la actividad epiléptica y abordar la causa subyacente. En primer lugar, se corrigen las alteraciones metabólicas, como la hipoglucemia o la hipocalcemia, mediante la administración de glucosa intravenosa, calcio o magnesio. Si las crisis persisten, se emplean fármacos anticonvulsivos de primera línea, como el fenobarbital o la fenitoína, vigilando sus posibles efectos secundarios (sedación excesiva, hipotensión, alteraciones en la función hepática). Otros agentes, como la benzodiacepinas (midazolam, lorazepam) o el levetiracetam, pueden utilizarse según la respuesta y la experiencia del equipo médico. El tratamiento etiológico específico depende de la causa: antibióticos o antivirales para infecciones, soporte respiratorio e hipotermia terapéutica para la encefalopatía hipóxico-isquémica, o cirugía neurológica en casos de malformaciones cerebrales. La monitorización continua en una unidad de cuidados intensivos neonatales permite ajustar el plan terapéutico y vigilar la evolución. |
| Complicaciones |
Las complicaciones de las convulsiones neonatales varían en función de la intensidad, la frecuencia y la causa subyacente. Cuando las crisis no se controlan de manera adecuada, el riesgo de daño cerebral permanente se eleva, pudiendo dar lugar a retraso en el desarrollo psicomotor, parálisis cerebral, alteraciones cognitivas o epilepsia en etapas posteriores de la infancia. Además, la actividad convulsiva puede comprometer la oxigenación y la hemodinámica del neonato, agravando lesiones preexistentes o provocando inestabilidad cardiorrespiratoria. La necesidad de fármacos sedantes y anticonvulsivos puede impactar la alimentación y el vínculo madre-hijo, alargando la estancia hospitalaria. Un manejo integral y precoz de estas crisis reduce la probabilidad de secuelas neurológicas y mejora el pronóstico global. |
| Prevención | La prevención de las convulsiones neonatales se basa en la identificación y el control de factores de riesgo durante la gestación y el parto. Un seguimiento prenatal adecuado permite detectar patologías maternas como la diabetes, la hipertensión o las infecciones, que pueden predisponer a hipoxia perinatal y trastornos metabólicos en el recién nacido. La monitorización intraparto y el uso de protocolos de reanimación neonatal contribuyen a disminuir la incidencia de encefalopatía hipóxico-isquémica. Además, la detección y corrección temprana de hipoglucemia o alteraciones electrolíticas en las primeras horas de vida son esenciales para prevenir crisis. La capacitación continua del personal sanitario en la interpretación de signos sutiles de convulsiones y la disponibilidad de EEG neonatal mejoran la capacidad de respuesta ante los primeros indicios de actividad epiléptica, evitando daños irreversibles. |
| Conclusión | Las convulsiones del recién nacido representan una emergencia neurológica que puede indicar una gran variedad de patologías subyacentes, desde alteraciones metabólicas hasta lesiones estructurales o infecciones. La detección temprana de los signos, sumada a la confirmación diagnóstica mediante EEG y pruebas de laboratorio, permite un abordaje dirigido tanto al control de las crisis como a la corrección de su causa primaria. El trabajo conjunto de neonatólogos, neurólogos y otros especialistas en cuidados intensivos neonatales es fundamental para reducir la morbimortalidad y mejorar la calidad de vida de estos pacientes. Con una estrategia preventiva que abarque el periodo prenatal, perinatal y postnatal, es posible disminuir significativamente la incidencia y las secuelas de las convulsiones neonatales. Fuente: Organización Mundial de la Salud (OMS). |
