La fiebre tifoidea es una infección sistémica potencialmente grave causada por la bacteria Salmonella enterica serovar Typhi. Se transmite principalmente por vía fecal-oral a través de agua o alimentos contaminados y se asocia a condiciones de saneamiento deficiente. Se caracteriza por fiebre prolongada, malestar general, dolor abdominal y compromiso del estado general, y puede producir complicaciones intestinales y sistémicas potencialmente mortales si no se trata adecuadamente.
| Tipos |
Desde el punto de vista clínico, la fiebre tifoidea puede presentarse como enfermedad clásica con fiebre en meseta y síntomas progresivos, formas atípicas con manifestaciones digestivas leves o predominio de síntomas extraintestinales, e infecciones subclínicas. Epidemiológicamente se distingue entre casos agudos y portadores crónicos, estos últimos capaces de excretar S. Typhi en heces o orina durante meses o años, constituyendo una fuente importante de contagio. |
| Síntomas |
El cuadro suele comenzar con fiebre progresiva, malestar general, cefalea, anorexia y dolor abdominal vago. Pueden aparecer estreñimiento o diarrea, tos seca y, en algunos casos, manchas rosadas en el tronco (“roséola tífica”). Si no se trata, la fiebre se mantiene en meseta, se agrava el compromiso del estado general y pueden surgir alteraciones de conciencia, delirio o bradicardia relativa. En niños y personas mayores los síntomas pueden ser menos específicos, lo que dificulta el diagnóstico. |
| Causas |
La causa es la infección por Salmonella Typhi, bacteria estrictamente adaptada al ser humano. Se adquiere al ingerir agua o alimentos contaminados con heces u orina de personas enfermas o portadoras. Factores de riesgo incluyen falta de acceso a agua potable segura, saneamiento inadecuado, manipulación de alimentos en condiciones precarias y viajes a áreas endémicas sin medidas preventivas. |
| Diagnóstico |
El diagnóstico se confirma mediante aislamiento de S. Typhi en hemocultivos, coprocultivos o mielocultivos, siendo los hemocultivos más útiles en la primera semana de enfermedad. Las pruebas serológicas, como la reacción de Widal, tienen limitaciones de sensibilidad y especificidad y se interpretan con cautela. Los exámenes de laboratorio pueden mostrar leucopenia o leucocitosis moderada, elevación de transaminasas y marcadores inflamatorios. Es importante considerar diagnósticos diferenciales como malaria, dengue, otras salmonelosis, brucelosis y sepsis de origen abdominal. |
| Tratamiento |
El tratamiento de elección consiste en antibióticos activos frente a S. Typhi, seleccionados según la sensibilidad local y los patrones de resistencia (por ejemplo, cefalosporinas de tercera generación, fluoroquinolonas o azitromicina). La hidratación adecuada, el manejo de la fiebre y la vigilancia de signos de complicación son esenciales. En casos graves puede requerirse hospitalización, soporte hemodinámico y eventual manejo quirúrgico si se presentan perforación intestinal o hemorragia masiva. |
| Complicaciones |
Entre las complicaciones más graves se encuentran la perforación intestinal y la hemorragia digestiva por necrosis de placas de Peyer, que requieren manejo quirúrgico urgente. También pueden producirse shock séptico, encefalopatía, miocarditis, colecistitis, abscesos y recaídas tras el tratamiento. El estado de portador crónico es una complicación relevante desde el punto de vista de salud pública. |
| Prevención | La prevención se basa en mejorar el acceso a agua potable segura, sistemas adecuados de eliminación de excretas y buenas prácticas de higiene personal y manipulación de alimentos. Para viajeros a zonas endémicas y poblaciones en riesgo existen vacunas contra la fiebre tifoidea que reducen la probabilidad de enfermar. La identificación y tratamiento de portadores crónicos, junto con la educación sanitaria, son medidas clave para controlar la circulación de S. Typhi en la comunidad. |
| Conclusión | La fiebre tifoidea sigue siendo un problema de salud pública en regiones con saneamiento deficiente y acceso limitado a agua potable, pero es prevenible y tratable. La combinación de intervenciones ambientales, vacunación dirigida, diagnóstico oportuno y antibióticos adecuados permite reducir la mortalidad y las complicaciones. Fuente: OMS, CDC y guías internacionales sobre fiebre tifoidea. |
