La onfalitis del recién nacido es la inflamación del muñón umbilical que puede acompañarse de infección bacteriana y, en algunos casos, de hemorragia leve. Este proceso inflamatorio surge habitualmente en la primera o segunda semana de vida, cuando el cordón umbilical se encuentra en proceso de secado y caída. Si no se siguen prácticas adecuadas de higiene y cuidado del cordón, las bacterias patógenas como Staphylococcus aureus o Streptococcus pueden colonizar e invadir los tejidos, desencadenando un cuadro clínico que, de no ser tratado, podría diseminarse más allá de la región umbilical. En los casos leves, la onfalitis se restringe a la piel circundante, pero en situaciones más graves puede progresar a afecciones sistémicas, comprometiendo la vida del recién nacido. Por tanto, el reconocimiento temprano y las medidas preventivas resultan vitales para el control de esta patología.
| Tipos |
Según la profundidad de la infección y el tejido afectado, la onfalitis neonatal se clasifica en:
• Onfalitis superficial: Limita su inflamación e infección a la epidermis y la dermis alrededor del muñón umbilical, presentando enrojecimiento y dolor local. • Onfalitis con celulitis profunda: Incluye la afectación del tejido subcutáneo, con un mayor riesgo de diseminación. • Onfalitis necrotizante: Es la forma más severa, con necrosis tisular y un elevado riesgo de complicaciones sistémicas. Aquí, el proceso infeccioso puede extenderse a las fascias, favoreciendo una evolución fulminante. |
| Síntomas |
Las principales causas de la onfalitis se relacionan con la proliferación bacteriana en la zona del cordón umbilical. Staphylococcus aureus, Streptococcus pyogenes y bacterias Gram negativas pueden ser responsables del cuadro. Entre los factores de riesgo se incluyen condiciones de higiene inadecuada al momento del parto y en los días posteriores, el uso de sustancias contaminadas o no recomendadas para el cuidado del ombligo, la falta de anticuerpos maternos en neonatos prematuros, los ambientes hospitalarios con microorganismos resistentes y la ruptura prolongada de membranas antes del parto. También influyen la falta de seguimiento médico y las prácticas culturales que retrasan la atención oportuna. |
| Causas |
Los síntomas de la onfalitis incluyen enrojecimiento de la piel alrededor del ombligo, calor local, dolor al tacto, secreción purulenta o maloliente, y posible sangrado leve cuando se desprende el muñón umbilical. En los casos más graves, la infección se expande, pudiendo observarse edema, fiebre, irritabilidad o letargo en el recién nacido, e incluso signos de afectación sistémica como taquicardia, hipotermia o dificultad para la alimentación. La hemorragia leve puede presentarse por la erosión de vasos superficiales. Si no se interviene, la onfalitis puede derivar en fascitis necrotizante o septicemia, con un deterioro rápido de la condición clínica del neonato. |
| Diagnóstico |
El diagnóstico se basa en la historia clínica, la exploración física y el aspecto característico del ombligo infectado. Se evalúa la extensión del eritema, la presencia de secreción purulenta, edema y otros signos sistémicos. En muchos casos, se toman muestras del exudado umbilical para cultivo, identificando la bacteria causante y sus posibles resistencias. El hemograma completo, la proteína C reactiva y la velocidad de sedimentación globular pueden orientar acerca de la magnitud de la respuesta inflamatoria. Cuando existen sospechas de complicaciones (afectación de planos profundos), se pueden requerir estudios de imagen, como ecografías de la pared abdominal, para detectar abscesos o colecciones líquidas. El descarte de otras patologías cutáneas o umbilicales (granuloma umbilical, persistencia del uraco) es también esencial en el enfoque diagnóstico. |
| Tratamiento |
El tratamiento de la onfalitis se centra en la instauración temprana de antibióticos adecuados, seleccionados en función de la sospecha clínica y los patrones de resistencia locales. Para casos leves, pueden emplearse antibióticos tópicos o sistémicos orales. En situaciones de mayor severidad o con signos de diseminación, se requiere hospitalización y la administración intravenosa de antibióticos de amplio espectro (por ejemplo, antiestafilocócicos y antiestreptocócicos). Además, se enfatiza en mantener la limpieza y el secado apropiado del muñón, evitando coberturas excesivas y fomentando la observación diaria para detectar cambios tempranos. La intervención quirúrgica es poco frecuente, pero puede ser necesaria si se desarrollan abscesos extensos o fascitis necrotizante. |
| Complicaciones |
En casos no tratados o manejados inadecuadamente, la onfalitis puede progresar hacia la afectación profunda de tejidos subyacentes, originando fasceítis necrotizante, peritonitis o sepsis neonatal. Estas complicaciones incrementan drásticamente la mortalidad. La infección diseminada puede comprometer órganos distantes, causando insuficiencia multiorgánica. Asimismo, el retraso en la atención puede implicar un daño a largo plazo en la salud del recién nacido, incluidas secuelas en el desarrollo. El sangrado excesivo, si se asocia a desórdenes de la coagulación, puede agravar el pronóstico clínico y requerir intervenciones especializadas con factores de coagulación o transfusiones. |
| Prevención | La prevención de la onfalitis se basa en la adopción de medidas de higiene adecuadas durante y después del parto. Se recomienda el lavado frecuente de manos antes de manipular al neonato, el uso de técnicas estériles para cortar y cuidar el cordón umbilical, y la limpieza con antisépticos recomendados por guías pediátricas (clorhexidina o alcohol al 70%). El ombligo debe mantenerse descubierto y seco, evitando aplicar remedios caseros que puedan favorecer la proliferación bacteriana. La educación a los padres sobre los signos de alarma y la importancia de las revisiones pediátricas tempranas complementa el enfoque preventivo. En contextos hospitalarios, los protocolos de asepsia y la vigilancia del personal de salud resultan cruciales para disminuir la incidencia de onfalitis. |
| Conclusión | La onfalitis del recién nacido, con o sin hemorragia leve, constituye una amenaza para la salud neonatal cuando no se identifica ni trata de forma oportuna. Si bien en la mayoría de los casos la infección es superficial y puede resolverse con antibióticos y cuidados locales, la progresión a formas graves pone en peligro la vida del lactante. Por ello, la prevención mediante prácticas higiénicas adecuadas, sumada a la vigilancia médica durante las primeras semanas de vida, es esencial para reducir significativamente su incidencia. La rápida instauración de la terapia antibiótica apropiada, junto con el seguimiento clínico, garantiza una recuperación favorable en la mayoría de los neonatos afectados. Fuente: Organización Mundial de la Salud (OMS). |
